19 Enero 2020 – Segundo Domingo del Tiempo Ordinario

Al comenzar el tiempo ordinario de la Iglesia, las lecturas de hoy nos recuerdan nuestras misiones individuales.  En la Primera Lectura vimos cómo la misión del profeta Isaías para ser sirvo de Dios, fue elegida desde el seno materno para que se manifestara la gloria de Dios, mientras que la misión de Pablo en la Segunda Lectura fue ser un apóstol.  En el Evangelio, Juan llevó a cabo su misión dando testimonio de Cristo, testificando que Él es el Hijo de Dios.

 

Queridos hermanos y hermanas, al igual que Isaías y Pablo, a cada uno de nosotros se nos confía una misión de Dios desde nuestro nacimiento (o concepción?).  Es dar testimonio de Cristo como Juan en las circunstancias individuales de nuestras vidas.  Nuestro mundo es como un tribunal donde el diablo y sus agentes son como fiscales, negando la verdad, la bondad, el amor y la misericordia de Dios.

 

Cada uno de nosotros es como un testigo, llamado a dar testimonio del Señor ante el mundo, a través de nuestras vidas.  Como sabemos, uno no puede ser un testigo creíble si uno no tiene conocimiento de primera mano del evento o de la persona de la que es testigo.  Si pensamos en la acusación de Trump, por ejemplo, uno de los argumentos es que quienes dan testimonio de su acusación no tienen conocimiento de primera mano del evento.

 

Para tener conocimiento y experiencia de primera mano del Señor, cada uno de nosotros está invitado hoy a encontrar y experimentar al Señor en las cosas ordinarias de la vida.  Ese es también el significado del tiempo ordinario de la Iglesia.  Es importante recordar siempre que Dios no está ausente de la rutina de nuestras vidas.  Debemos ser conscientes de encontrarlo en todo lo que hacemos, pensamos y decimos.

 

Un ejemplo de encontrar al Señor en las cosas ordinarias de nuestras vidas es consagrar cada acción desde el momento en que nos despertamos.  Todos los días, cuando me levanto, rezo por la consagración a Dios de todas mis facultades, mis ojos, mis oídos, mi boca, mi corazón, todo mi ser sin reservas.  Recuerda, cuando pensamos en nuestras faltas diarias, estas facultades son las principales culpables.  Finalmente, también consagro a todos los que voy a encontrar en el día para que cada persona se convierta en un instrumento de la presencia de Dios para ti y para mí. Te motivo para que lo hagas tu también. Amen

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