30 Agosto 2020 – Vigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario

En el evangelio, Jesús le dice a Pedro: “Apártate de mí, Satanás, eres un obstáculo para mí.  No piensas como Dios, sino como los hombres”.  En la reprimenda de Pedro, el Señor quiere que Pedro tome la posición de un discípulo que siempre está detrás del maestro.  Estar detrás de él en lugar de estar al frente.  Ser discípulo significa confiar en el maestro incluso cuando no todo se comprende con claridad.  Pedro, al tratar de disuadir al Señor de la cruz, pensó que le estaba haciendo un bien, sin saber que estaba siendo un instrumento del diablo.

Queridos hermanos y hermanas, esto sucede todo el tiempo en nuestras vidas.  El diablo siempre quiere que tomemos el camino más fácil cada vez que enfrentamos los problemas de la vida.  Él quiere que siempre busquemos la opción menos resistente y la salida más conveniente, incluso cuando nos lleve a nuestra destrucción espiritual.  El Señor más bien quiere que nos preguntemos siempre; ¿Qué quiere el Señor que yo haga en esta situación?  ¿Cuál de estas opciones me llevará a hacer Su voluntad incluso cuando sea difícil e inconveniente?

En la exhortación de Pedro a Cristo, también se puede ver un esfuerzo por protegerse.  Es obvio que Pedro sabe que si matan a Cristo, también se le puede matar a el.  La acción de Pedro también se refleja en nuestros propios miedos y pavor ante el dolor.  Como humanos, nadie quiere soportar el dolor, incluyéndome a mí.  Vimos cómo Jeremías se lamentaba de que la palabra del Señor que estaba profetizando le estaba provocando burla y oprobio del pueblo.

El misterio de la vida, como nos dijo nuestro Señor en el Evangelio, es que el sufrimiento es parte de seguirlo y que cada vez que rechazamos la cruz, lo rechazamos a él.  Eso es lo que nos recuerda San Pablo cuando nos dijo que “no tomen como modelo a este mundo” que quiere una vida tranquila, cómoda y nada más.  Pablo más bien quiere que seamos “transformados interiormente, renovando nuestra mentalidad para discernir cuál es la voluntad de Dios” que es, seguirlo a Él, no solo con la cruz diaria, sino también viviendo Sus Mandatos y siempre de la mano del Señor y la Santísima Virgen María para poder tener la luz y las fuerzas para cargar con la cruz con amor y por la conversión de nosotros mismos.

Es la cruz que nos une a Cristo.  Cualquier sufrimiento que aceptemos por el amor de Cristo, estamos unidos a él de una manera especial.  Es cierto que “nuestro amor por Dios puede que no nos facilite la vida, pero nos trae una gran satisfacción y significado a la vida” tanto aquí como en la vida eterna.

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